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Cutrasa: El Día del Juicio Final Escrito por José Ángel Gómez Fernández

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Título del relato de humor: Cutrasa: El Día del Juicio Final.
Este relato corto ha sido escrito por: José Ángel Gómez Fernández




Despacho de un importante periodista de un prestigioso periódico con ámbito nacional, 11:30 de la mañana:

Lo que le voy a contar es totalmente cierto, y de su difusión puede depender el destino de la humanidad.

Vaya, eso son palabras mayores. Le escucho.

Bueno, como ya le dije por teléfono, me llamo Pedro, resido en Vigo, y todo empezó en una calurosa tarde de un martes, en la que como de costumbre me dirigía a mi facultad en un autobús oruga de Cutrasa, un “Línea 8” para ser exactos. Al principio todo iba bien, yo iba sentado en mi asiento escuchando la "fabulosa" selección que estaba sintonizando el "increíble" equipo musical de este "excepcional" medio de transporte urbano. Pero según íbamos avanzando paradas y consecuentemente recogiendo más gente, aquello empezó a convertirse en el infierno de costumbre. La gente se apelmazaba intentando encontrar un lugar con aire en el que colocarse. Aunque era evidente que ya no cabría nadie más, el conductor en un alarde de inteligencia superior seguía recogiendo gente bajo el indiscutible argumento de “Atrás hay sitio”.

Llegó un momento en el que no cabía ni una mosca. Yo llevaba la carpeta de una chica en mi boca y el mostacho de un tío en una oreja. Era físicamente imposible meter una sola persona más. Pero entonces se apagó la radio y se escuchó la delicada voz del conductor por el altavoz que susurró: “¡Pasar para atrás ostia!”. Los pobres infelices que estaban de pie lo intentaron inútilmente. Entonces el amable conductor entró por la puerta de atrás y empezó a repartir ostias hasta que increíblemente consiguió meter a 30 personas más. La falta de espacio y aire conllevaron un considerable aumento de la temperatura del autobús, pero la apertura de las ventanas resultaba virtualmente imposible puesto que éstas llevan un dispositivo especial destinado a que hasta el más cachas quede en ridículo intentando abrirlas en vano. Huelga decir que el aire acondicionado no se sabe siquiera si existe. Ya se puede imaginar el resultado en un oruga con 666 personas dentro, aquello era una sinfonía de olores, e insultos hacia el conductor y su familia.

Cuando por fin llegamos a nuestro destino nos bajamos, y al intentar volver a introducir una bocanada de aire en los pulmones, el cutrasa nos obsequió con unos cuantos litros de gas nervioso desde el tubo de escape directamente a nuestras narices. Todo esto desgraciada y patéticamente no era la primera vez que ocurría, pero como ya estaba harto corrí indignado a la oficina de reclamaciones de Cutrasa. Ya en el cuartel general de Cutrasa, un edificio de 328 pisos, intenté encontrar dicha oficina. Después de rellenar miles de impresos de todos los tamaños y colores, todo por supuesto debidamente sellado y compulsado por el Ayuntamiento, conseguí que me dieran la ubicación de la susodicha oficina, la cual se encontraba al fondo a la derecha de los baños de hombres del sótano. Allí me encuentro con un viejo de tropecientos años y más sordo que una tapia al cual no conseguí hacerle entender una sola palabra. El caso es que dejé mi queja por escrito y me fui dispuesto a llegar al tribunal supremo si era necesario.

Perdone que le interrumpa. Pero no entiendo que tiene esto que ver con lo que me ha contado por teléfono.

Ahora lo entenderá, no se impaciente. Al día siguiente me dirijo a la parada del autobús dispuesto y resignado a repetir la hazaña, cuando una rubia imponente de escultural silueta y notable pechonalidad se me acerca y me dice: “Disculpa, tengo un problema, soy ninfómana. ¿Te apetece venirte conmigo?” Creo que mi respuesta es evidente. En ese momento pensé que aquel era mi día de suerte, pero que equivocado estaba. Nos fuimos directamente a su casa y pusimos en práctica todas las posturas del Kamasutra y Woody Allen juntas. Esto prosiguió durante dos semanas. Fueron quince días buenísimos, eso sí. En vista de que en Cutrasa habían hecho caso omiso de mi queja me dirigí otra vez a su sede central. Pero esta vez, en cuanto dije mi nombre en portería, enseguida aparecieron dos tíos grandes como armarios, vestidos con trajes negros que parecían sacados de “Caiga Quien Caiga”, y me llevaron al despacho del Gran Jefe.

Allí supe que mi vida había terminado. Me explicó que la tía que había conocido no era tal, sino que era un robot de Cutrasa, un Orgasmatrón de Cyberdyne Systems modelo 101, tejido vivo sobre endoesqueleto de metal (posteriormente evolucionado a Terminator). Obviamente tienen también la versión masculina del modelo. Parece ser que Cutrasa tiene cientos de ellos destinados a disuadir a los pobres infelices que se quejan de la empresa. Estos Orgasmatrón llevan un virus que se transmite por vía sexual y que hace que se te caiga la virilidad si no te administras un antídoto diariamente hasta el fin de tus días. Dicho antídoto se inhala y sólo se encuentra en los cutrasas propagándose por el aire. Con lo cual, y para que sea efectivo, debo viajar cuatro veces al campus por día durante el resto de mi vida.

Ya se puede imaginar el porqué de mi depresión cuando le llamé por teléfono. Además, el director me dijo que estaban distribuyendo los Orgasmatrón por todo el mundo y en puntos estratégicos para así poder convertir a Cutrasa en el único medio de transporte a nivel mundial. Esto como usted se imaginará significa el fin del mundo tal y como lo conocemos.

¿No esperará que me crea una historia tan absurda?

¿Absurda? ¿Eso cree? Apuesto a que al día siguiente de mi llamada usted también conoció una ninfómana imponente y se la ha estado beneficiando desde entonces.

Al terminar de decir yo esto, el periodista agarró la máquina de escribir, la tiró por la ventana, y empezó a cagarse en todo lo cagable y más. Eso bastó para convencerme de que no había solución y de que la humanidad estaba destinada a desaparecer como especie dominante para dar paso a los orugas de Cutrasa.

Obviamente dicha empresa es ficticia.


 
 
 
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